viernes, 3 de julio de 2009

Vamos a la playa… Oh oh oh!!!

Conforme pasa el tiempo, las novedades se convierten en cotidianeidades, la energía disminuye, la capacidad de asombro se limita, el trabajo cansa, y los días se comprimen. A pesar de esto siguen existiendo momentos que rompen el ritmo de vida que se lleva, y por ello, son momentos que deben ser recordados, y para hacerlo es necesario hacerse un espacio de memoria y reflexión. Hoy el yo poético se asoma para decir que al fin encuentro lo que necesito para escribir una vez más.



Como pate de esta experiencia, y estando tan cerca del Mediterráneo, no podíamos perdernos la oportunidad de visitar el mar, esa era la idea general; y aunque el mar por sí mismo brinda increíbles escenas, el complemento perfecto es una buena playa. Con este objetivo, el sábado 13 de junio, Giovanni, Diego, Roberto y yo nos pusimos en marcha hacia Livorno, un lugar que si bien carece de fama, nos llamó la atención debido a la ruta de tren que frecuentamos para movernos a nuestro lugar de trabajo, Pisa. Así pues, tan pronto como logramos levantarnos y alistar nuestras cosas para el viaje, tomamos el tren hacia Livorno.



Tan pronto como arribamos a nuestro destino y abandonamos la estación del tren, nos topamos con un parque, en el que una fuente servía de hogar a algunas tortugas, y tras atravesarlo se hacía visible una enorme avenida que parecía atravesar la ciudad. Para no errar preguntamos cómo llegar al puerto o a alguna playa, la respuesta fue “pues está lejos para ir a pie, pero sigan derecho por esa calle”. Así lo hicimos, caminamos aproximadamente 45 minutos, en el camino nos encontramos con una especie de iglesia de arquitectura particular, pues parecía estar conformada por una especie de prisma octagonal, más adelante encontramos una explanada en la que se exhibía Pinocchio, en una especie de mini-circo (dato curioso: esta historia fue escrita por el italiano Carlo Lorenzini “Collodi”). Continuando con la ruta llegamos a lo que pienso es el mercado principal, muy similar a los mercados de Toluca, afuera, puestos de ropa “económica”, y pequeños objetos como lentes de sol; en el interior, diversos tipos de comestibles, pollo, res, queso, conservas y verduras, por mencionar sólo algunos. Finalmente encontramos el mar, ese inmenso espacio, con azules contrastantes, separando así el horizonte, la visión del agua y del cielo, en las cercanías, motas blancas se definían como embarcaciones diversas, lanchitas, barquitos y yates de lujo. Recorrimos parte de la costa en busca de una playa, pues como en varios lugares, el puerto no es un lugar apropiado para nadar, avanzamos un poco y decidimos pedir información una vez más, sin embargo, me dio la impresión de que una playa, como las conocemos los mexicanos, no es fácil de encontrar en estas tierras; la instrucción primera fue tomar un autobús azul, que no llevaría a un lugar cerca de una playa para nadar, sin embargo, tras un periodo de espera, decidimos continuar con nuestra caminata, con la esperanza de encontrar algún lugar agradable en el camino.



No pasó mucho tiempo antes de que nos encontráramos con una entrada a lo que parecía ser un balneario, o al menos esa era la facha que daba, así nos acercamos y descubrimos que se trataba de una “playa” artificial, pequeña y privada, sin ser del todo atractiva continuamos caminando en busca de algo mejor, pero a unos pocos pasos encontramos algo similar, con un precio ligeramente mayor, así que decidimos regresar a la primera opción, en su interior nos encontramos con una reducida explanada de cemento, un par de metros de arena, y poco de agua dónde se podía avanzar 4 o 5 metros antes de llegar a la ”zona segura”. Estando allí nos remojamos un rato, dormimos un poco en las bancas, e inclusive tuve la fortuna de tocar un balón para volear un poco, con un balón y en una cancha de fútbol. Poco antes de irnos, Giovanni y Roberto jugaron una especie de cascarita italiana con unos niños, que al enterarse que veníamos de México, nos identificaron perfectamente con la “influenza porcina humana”, sin embargo no hubo reacción de rechazo, al contrario, noté interés en conversar, tristemente el idioma no nos permitió intercambiar muchas palabras.



Así pasamos gran parte del día en aquella mínima parte del mar Mediterráneo, tras abandonar la playita, continuamos nuestro recorrido hacía la orilla de la ciudad, en el transcurso nos encontramos en una especie de plaza-mirador dónde logramos apreciar la hermosura de aquellas aguas con el reflejo del sol en su superficie. Continuamos le recorrido pasando por la escuela naval, y llegamos a una especie de pórticos que parecían adornar la salida de la ciudad, ahí, cambiamos nuestra dirección con la intención de volver a la estación del tren. Fue entonces que comenzamos el recorrido más pesado del día, pues el calor parecía comenzar a azotar, el cansancio a pesar, y la distancia a crecer. Continuamos y tras algunos metros de caminata logramos volver a lo que parecían calles céntricas, ahí pedimos informes para llegar a la estación del tren, varias personas nos indicaron el camino conforme avanzábamos, pero había una expresión constante “è lontana” en un tono un poco desalentador que se traduce en: “está muy lejos”. Arrastrando los pies cada vez más, logramos llegar a la estación, y entonces entendí que el concepto de lejos no es exactamente el mismo en Italia y en México.



Finalmente tomamos el tren de regreso a Pontedera, donde el resto de la tarde nos aprovecho para comer spaghetti a la Diego, y cerrar el día con una partida de Warcraft.